Estos dedos que te escriben,
un par de manos sin condena,
los jeans bajo la cama,
la jaula rota y oxidada,
tus susurros para las flores,
mis letras para tus mañanas,
el inventario y sus treinta noches.
Y mis dientes enterrados en tu espalda.
viernes, 11 de diciembre de 2009
El pájaro atrincherado en la ventana, mi brújula a lado de la cama. Esos susurros que mueren en la almohada, estás manos que te dibujan en las paredes. Un vuelo al raz del suelo, un grito que enviudó su jaula. El correr por correr, la magdalena sin estigma. Esta baraja que nos sonríe, esos fantasmas en el estandarte de al frente. Una marea para tus locuras, un trueno para mis huellas. Dos bocas que se encuentran, cuatro manos que huyen, una espalda desnuda.
Y este ejército de besos presidiarios.
¿Lo escuchas?. No es la luna, ni el trueno de las olas contra las orillas. No son los grillos, ni el gato tiritando sobre el tejado. ¿Aún no te has dado cuenta?. Los gritos seguían estrellándose contra mis manos y tú no dejabas de mirar las flores. Este réquiem se escurría por la ventana y tú creías bailar en cualquier esquina -la de mi ombligo-. ¿Ya lo notaste?. Mis letras han quemado los calendarios, mis cabellos han olvidado su olor a humo. El cigarrillo a lado de la cama, tus ojos en la otra almohada. Ya es tarde, la mañana canta y tu espalda se ha enredado en mis dientes.
Mi jaula es tuya.
