miércoles, 12 de noviembre de 2008

El océano ha enviudado tu cintura en una de sus tantas orillas. Hemos caído entre nubes y alfíleres sin conocer nuestros cuerpos. Tus manos fueron fugazes y mis ojos, testigos indelebles. El caos de tu desnudez terminó entre la arena. No hay lunas que recojan mis huesos, tampoco estrellas que bailen en mis cabellos. Solo el mar y su ruido. La última colilla de mi alma. El segundo que se pertrifica en un corazón. Corre sin tomar mis manos. Gime sin arañar mi piel. El universo es un arcoiris de pinzeladas grises. Tu victoria: un beso suicida.